Sinfonía nadada

El allegro empieza con el clic de la caja de las gafas de baño cuando las estoy sacando. El leve roce de la bata de baño con mi piel, crea un sonido plano, corto y limitado. Luego, entra la asonancia de la cremallera de la maleta cerrándose que comienza a crear la melodía acompañada de un ritmo binario por el sonido de las sandalias al pisar el suelo mojado de los vestieres…

Uno
DOS
Uno
DOS
Uno
DOS

En el fondo empieza la letanía de los gritos y pitos de los entrenadores y algunas voces estridentes de niños revoloteando en el agua.

Sonido del gorro de látex estirándose en mis dedos; sonido del gorro al soltarlo en mi cabeza; sonido del caucho de las gafas al acomodarlo sobre el gorro…

UNO dos UNO dos tres. UNO dos UNO dos tres. UNO dos UNO dos tres: ritmo compuesto entre la respiración ya un poco acelerada por los movimientos y estiramientos de todo mi cuerpo, y el pisar el borde de la piscina y algunos de sus charcos. Armonía sublime con el sonido de los brazos de los nadadores inmiscuyéndose en todos los estilos en un agua que solo busca calma.

Trampolín, salto, entrada al agua. Silencio cagesiano al entrar a las profundidades. Burbujas saliendo de la boca y la nariz. Movimiento sincopado del cuerpo y ruido de gente al lado nadando; todo da pie al minué con un seudo compás ternario.

Salgo a la superficie, brazada de libre derecha, brazada de libre izquierda, brazada derecha, brazada izquierda; aspiración profunda de aire; burbujas saliendo de la boca.

UNO dos UNO dos tres
UNO dos UNO dos tres
UNO dos UNO dos tres
UNO dos UNO dos tres

La melodía se rompe repentinamente cuando mi cuerpo rota al borde de la piscina luego de recorrer 25 metros para empezar una nueva secuencia. Siguiendo un compás ¾ que emula un scherzo schubertiano con un armónico estilo mariposa, la melodía nuevamente se construye creando un sentimiento orgiástico de dicha y emoción acompañado de una riqueza visual que combina la tranquilidad del agua profunda, los azulejos de la piscina, las burbujas que rítmicamente danzan siguiendo mi cuerpo.

La sinfonía continúa creándose con ruidos y sonidos del agua y mis movimientos corporales siguiendo todos los estilos alternados, pecho, libre, espalda, mariposa... La progresión de melodías y la combinación de poliritmos generan una satisfacción y placer únicos en el espectador de la grandiosa sinfonía: yo.

El último movimiento, el más lento, me llama a que, luego de estar al borde de un éxtasis sensorial, se presente toda la calma necesaria para poderme reincorporar. Boto todo el aire de mis pulmones, mi cuerpo desciende lentamente hasta el fondo de la piscina; cierro mis ojos en un silencio casi absoluto, mi espalda toca los azulejos sin querer despertar de esa ansiada calma. Abro los ojos y como agradecido por esa infinita sinfonía nadada compuesta de ruidos y sonidos, empujo mi cuerpo con las piernas para salir a la superficie, sintiendo todo el ruido de las burbujas y el agua estrellarse con la superficie tranquila de la piscina…

¿Cuál sistema?

Gustavo miraba insistentemente su celular para saber cuántos minutos le quedaban para que la llamada que debía hacer para posponer la cita, estuviera en un rango de decencia formal sin rayar en el irrespeto. Cosa que detesta es que le cancelen una cita faltando 5 o 10 minutos.

El tiempo límite llegó; faltaban 30 minutos para las 4 de la tarde y aún debía recorrer casi 50 cuadras en medio de un trancón descomunal gracias a una Avenida El Dorado que se está metamorfoseando a Transmilenio. Gustavo le pidió al taxista que bajara la música del radio, marcó en su celular el número de Juanita; a ella le pareció que podían correr la cita en 1 hora. A Gustavo le quedaba esa hora y 30 largos minutos para salir de aquella serpenteante culebra de carros, buses y motos. Aburrido y cansado de una música popular ensordecedora, cuando pasaba por la portería de la Universidad Nacional, decidió, sin pensarlo, abandonar el taxi. Su decisión no premeditada lo llevaría a vivir una tormenta de emociones entremezclada con mil recuerdos:

No fue sino subir el primer escalón del puente peatonal sobre la Avenida El Dorado cuando sus recuerdos empezaron a revivir insistentemente. Las muchas arengas grafiteadas de un socialismo paupérrimo lo devolvieron inmediatamente 4 o 5 años atrás. Muy seguramente, para esa época, a Gustavo se le revolvían en la cabeza integrales de límites definidos, matrices vectoriales de estructuras y una que otra fantasía recreada con los trabajos de sus estudiantes de artes que estaba asesorando. Ahora, se preocupaba en cómo ser feliz buscando una tranquilidad económica, social, familiar y afectiva…

Se reía calladamente cuando recordó cómo alcanzó a participar en algunas manifestaciones de igualdad y libertad social, cómo con algunos gestos –no vayan a creer que alguna vez echó piedra o pregonó a grito herido consignas absurdas- repudió una supuesta maquinaria política y un supuesto sistema capitalista irracional excluyente, cómo buscó un aire de irreverente aprovechando esta situación frente a su familia…

Se reía cuando recordó a muchos de sus compañeros que sí estaban metidos en cuentos de una más que alegórica beligerancia y que ahora en sus facebooks tienen fotos rimbombantes de sus carros, de sus viajes, de su familia en el apartamento nuevo, de la celebración en un bar cuco…

Se seguía riendo cuando al pasar por su facultad se encontró con un gigante edificio de corte contemporáneo con un gran título en letras plateadas, completamente limpio: EDIFICIO DE CIENCIA Y TECNOLOGÍA LUIS CARLOS SARMIENTO ANGULO y más aún cuando en la plaza de al frente se encontró con un grupo de estudiantes tomando Coca Cola, fumando Marlboro y hablando de Star Trek…

No es que Gustavo se haya reído de cómo cambian los tiempos, sino de la ironía que los ha siempre acompañado.

Cuando ya salía de la Universidad, decide llevar el paso de una pareja de estudiantes para chismosear su conversación: Puta, mis viejos no tienen un peso para pagar los 100.000 pesos de la matrícula, me va a tocar aplazar el semestre. Su pensamiento se desvió y absurdamente empezó a sacar las cuentas de todo lo que podía costar lo que en ese momento llevaba en ropa y enceres: podía casi pagarle la carrera a ese tipo. Gustavo aceleró el paso porque ya eran casi las 5 de la tarde y le esperaba una cita donde podía hacerse a una muy buena plata.

Salió de la Universidad Nacional y dándole la espalda le quedó en la cabeza la idea de que todos somos parte del sistema… Pasaron solo unos cuantos segundos y soltó una carcajada descomunal cuando se preguntó a cuál sistema será.

Road Trip

Mi amiga venezolana Yessica, de paso por Colombia, me invitó a que la acompañara a conocer algo más del país fuera de Bogotá. Le propuse que alquilara un carro para que recorriéramos la costa caribe pasando por Medellín y devolviéndonos por Bucaramanga.

Arrancamos el 10 de Enero; hicimos una corta parada de descanso en Guaduas para continuar posteriormente a Medellín. Luego de dos noches en Medellín, partimos a Coveñas; con solo una noche de descanso allí, continuamos a Cartagena. Fueron pocas las tres noches en la ciudad de Indias, pero suficientes para los cortos 10 días que teníamos de viaje. Seguimos a Santa Marta (con un día lluvioso en el Tayrona) y luego un viaje continuo de casi 20 horas hasta Bogotá, con un corto almuerzo en Bucaramanga. No pudimos quedarnos una noche en Bucaramanga porque cálculos ilusos y cuestiones picoplasescas rolas, lo impidieron.

En los siguientes post y con algo de tiempo, quiero narrar algo del viaje y contar algunas cuantas historias que estaba dejando de lado por estar conociendo otras fronteras y no las mías.

Por ahora, los dejo con algunas fotos del Road Trip.

El carrito alquilado, en al carretera La Vega - Villeta.

Pérdidos en la carretera de Montería a Coveñas, el GPS decía que no existía carretera.

Señales de tránsito llegando a Coveñas.

Peaje de Puerto Colombia.

Llegando a Barranquilla.

En algún lugar que no recuerdo...

En la carretera hacia Santa Marta; cultivos de palma.

Flores muertas, tragos vivos

Mis últimos días los estoy pasando encerrado en esta casa, solo, con mis libros y algunos recuerdos. Nuca pensé que el mundo y su gente me iban a aburrir a tal punto de tomar la decisión de casi enclaustrarme.

Recuerdo ya hace más de cinco años que compré esta casa en La Candelaria. El tipo que me la mostró no notó que mi mayor interés en comprarla era la panorámica espectacular desde el que iba a ser mi cuarto. Cuando me acerqué por primera vez a la ventana, noté cómo se asomaban los verdes cerros y las cúpulas metálicas de la Iglesia de La Candelaria, detrás de esos grandes y desgastados tejados coloniales de la manzana justo al frente. Sin hablar al respecto, le dije al tipejo que estaba interesado, siempre y cuando se encargara de absolutamente todos los trámites legales que representaban la compra. Puse una condición más, que me consiguiera a una ama de llaves de toda confianza, que conociera la zona y que se encargara de todos mis caprichosos servicios. Luego de estar vagando por el mundo quiero solo olvidarlo, dejarlo de lado, porque siento que ya más por él no quiero hacer nada y él por mí, tampoco.

El único deleite mundano que me queda, lo disfruto desde mi ventana: me encanta ver el contraste entre los tristes días grises, los cielos despejados de azul marino y los atardeceres con arreboles que pasan por todos los matices ocres en solo algunos minutos.

El alternar mis largas horas del lectura (en las que realmente me encuentro con mi senectud cuando creo ver mensajes cifrados entre los grandes clásicos y los incipientes contemporáneos), con el mirar el paisaje por la ventana, confieso que a veces me harta. Mi mirada curiosa a veces busca nuevo alimento, pero siempre teniendo claro que no quiere volver a enterarse de ese mundo presente del que definitivamente ya ha rehusado (¿o huído?). Cierto día, me percaté de una actividad algo curiosa, que sucedía en la casa justo al frente. Todos los días, entre 7 y 8 de la noche, llega un viejo (más anciano que yo) arrastrando su carrito de dulces; lo recibe, creo yo, su esposa, con una gran sonrisa y un beso incipiente. Antes de entrar, el viejo le da a su vieja un muy hermoso ramo de flores. Aunque la situación parece ser de lo más normal, mi curiosidad viene a que el dichoso ramo de flores fue siempre diferente todos los días de una semana en la que estuve pendiente. De domingo a domingo el viejo le dió a su vieja, un ramo distinto y muy hermoso. Al no poder creer que un vendedor de dulces regale a su humilde esposa todos los días un ramo de flores, me obligué a llevar un registro algo más exhaustivo del viejo ese. Descubrí, después de hacerle seguimiento más de un mes, que todos los días de la semana, sale entre las 9 y 10 de la mañana con su carrito de dulces, mentas y cigarrillos adaptado en un coche de bebé, y llega entre 7 y 8 de la noche con el mismo carro y el ramo de flores para su esposa. No más. Su esposa, sale a hacer las compras del hogar, con una rutina casi tan milimetrada como el quehacer de su esposo. No más.

La situación pasó de ser común a casi enfermiza. Me enloquecía pensar de dónde sacaba el viejo la plata para pagarle el ramo diario de su esposa; me daba celos pensar que todos los días tenía la vieja un regalo tan bello. Me daba rabia porque creía que era una situación premeditada por mis vecinos para que yo sintiera profundamente lo desgraciada que era mi vida de soledad, en la que me acompañaban únicamente mis libros y unos cuantos recuerdos. Decidí cerrar por siempre mi ventana para no volver a ver la detestable cara de alegría de la vieja al recibir sus siempre variadas flores sin importar que abandonaba también los bellos cielos bogotanos.

Cierto día recibí una nota de la familia de uno de mis únicos amigos. A manera de invitación mortuoria, me pedían acompañarlo en su supuesto último adiós, luego de haber sufrido un fausto tratamiento que se lo terminó comiendo en pocos meses. Nunca estuve de acuerdo con que lo siguiera y fue uno de los motivos para alejarme.

No supe qué era más desgraciado, el hecho de asistir al sepelio o el trauma que suponía para mí apartarme del claustro que representaba mi hogar. Finalmente la idea me pareció hasta divertida; me resultaba cómico que mis amigos de antaño, cuchichearan acerca de mí, este vejestorio que se mantiene todavía de pie y que no necesita sino de su ser para poder seguir sobreviviendo en este mundo ya inteligible.

Aura María contrató un carro para que me recogiera justo 20 minutos antes de la hora de la cremación. Salí de la casa y me encontré a la vieja del frente regresando de sus mandados matutinos; creo que con solo la mala cara que le hice, le dañé la siempre sonrisa con la que recibe a su viejo y el ramo de flores. Partí contrariado y mi desespero se incrementó mucho más al reencontrarme con los siempre trancones de Bogotá, que ya los tenía olvidados como las miles amarguras que me causaron a los que supuestamente amé en mi corta existencia sentimental.

Rezos y bendiciones iban y venían; yo ya estaba mareado por tanta cursilería que seguramente el muerto hubiera detestado. Solo pensaba cuándo se iba a levantar a abofetear a su familia por ese indigno entierro. Casualmente, me encontró Alberto en la esquina en la que creía que nadie me iba a encontrar. Fue un abrazo más que fingido, pero para el momento alcanzó a ser hasta fraterno; Otro más que se nos va no?, Sí… No sabía a qué hacía referencia Alberto, cuántos más habrán muerto realmente no me importaba.

Ese día Alberto me hizo recordar por qué me había alejado también de él: siempre quería solucionar todo con alcohol, y ésta no fue la excepción. Camine nos tomamos un aguardiente acá afuera, donde un viejo todo querido que clandestinamente lo vende, yo invito el primero. Me pregunté a cuántos entierros habrá asistido últimamente Alberto para saber que un viejo en la entrada vendía trago clandestino, pero es cierto que a esta edad, es un plan más que común. Qué asco, pero toda la cursilería del entierro me obligó a tomarme un trago; mi difunto amigo por lo menos estaría contento que alguien, en su entierro, estuviera echándose sus buenos aguardientes en su honor. Sorpresa me llevé cuando el viejo del aguardiente era mi vecino, el desgraciado que siempre le llevaba flores a su esposa. No me reconoció, igual nunca antes me había conocido y no tenía por qué haber sabido que yo vivía justo al frente de sus narices. Cuando iba a servir un trago en unas copas desagradablemente desechables, le dije, Déme toda la botella. Alberto sorprendido, se le iluminaron los ojos. Le dije que la muerte era más que un motivo y lo obligué a sentarse conmigo en una banca cercana a beberla completamente. Una, dos, tres horas pasaron y cuando Alberto ya estaba más que prendido, lo mandé con mi chofer a su casa. Yo seguí detenidamente cada movimiento del viejo aguardientero y cerca de las 6 de la tarde, ví cómo empacó todas sus cosas en el coche de bebé adaptado a carrito de dulces (y por lo visto, de aguardiente) y cómo lenta y discretamente se escabulló tras los hornos crematorios. Sin pensarlo dos veces, lo seguí.

Mi respiración se alteró cuando muy cerca de la parte trasera de los hornos crematorios oí cómo rompían cosas y hacían ruidos muy raros… Algo macabro creí que hacían pero quedé sorprendido cuando, con el poco valor que me quedaba, decidí enfrentar la situación: salí de mi escondite y encontré al viejo destrozando los ramos de flores de los muertos cremados y separando las flores más bellas en un gran ramo de contrates de colores y variedades. Él se asustó al identificarme como uno de los dolientes; su única reacción fue salir corriendo y arrastrar impacientemente su coche de dulces por las calles empedradas. El olor de mil flores desarregladas, de muchos ramos mortuorios destrozados, despertó ese poco de melancolía que muy escondida en mí quedaba. Terminé rápidamente de recoger algunas flores, arreglé el ramo y cogí un taxi, al que obligué casi volar sobre media Bogotá para llegar lo antes posible a mi casa. Cuando llegué, anoté en un pedazo de papel Las flores muertas no son solo para los muertos, y le dije a Aura María que se lo llevara a la vieja del frente con el ramo.

Desde mi ventana, ví cómo la vieja atónita recibía el ramo y la nota. Percibí cómo entre ellas se preguntaban el por qué del regalo y el significado de la nota. Me reí a carcajadas y más aún cuando llegó el viejo evidentemente contrariado. Luego quedó completamente sorprendido cuando la vieja le mostró el ramo, la nota y le explicó quién se lo había entregado. Miró hacia mi casa, miró hacia mi ventana y entró cerrando lentamente la puerta.

Al día siguiente, Aura María me entregó en una bolsa de papel café una botella, Se la envía Don Eulogio, su vecino del frente. Abrí la bolsa, la botella de aguardiente estaba por la mitad y una pequeña nota decía, Es mejor beber con los vivos que por los muertos.

Eulogio siguió todos los días llevándole a su esposa ramos de flores y antes de golpear a su puerta siempre miraba hacia mi ventana. Yo seguí observando por mi ventana discretamente, pero un día quise darle mi cara; él se percató que yo estaba en mi ventana, se quitó su sombrero y me saludó con una respetuosa venia a la que ambos correspondimos con una sonrisa cómplice.

Los años siguieron pasaron y Eulogio me ganó el turno en el crematorio. Fue al único sepelio al que volví a asistir. Me desgarró ver cómo su anciana esposa lloraba en su cajón y me dolió ver cómo ella sola acomodó las miles de flores antes de que el cajón entrara en la cámara crematoria.

A la memoria de C. R.

Silencio y Vacío

Hay palabras que es mejor no decirlas o escribirlas. Hay vacíos que es mejor no llenarlos. Es mejor dejar esperando el Para Qué ó el Por Qué ya que se puede caer en una espiral de complejidades que finalmente llevarán a la nada. Puede que con algo más de tiempo que uno le dé a un asunto, el Silencio y el Vacío, por si solos, provean los frutos que afanadamente se confunden con simples espejismos. Creo que ésto es una aplicación práctica de la Teoría de la Reactividad.

Puede que el Silencio y el Vacío exprese muchas más sensaciones, sentimientos, pensamientos…

Últimamente se me han aparecido frecuentemente estas dos palabras. Ví un documental hace poco de un matrimonio de sordos, que después de 65 años, con una de esas complicadas operaciones cerebrales, pudo saber qué era un sonido. Hear and Now dirigida por Irene Taylor Brodsky (ganadora del Festival de Sundance 2007), me puso a pensar en el valor de lo normal y cotidiano: el sonido, el ruido, la música… También, en el valor de lo no cotidiano y de lo que de pronto muchos carecemos, el Silencio. Recuerdo a Jhon Cage con su obra 4’33’’ de 1952 que fue todo un paradigma de la música culta del siglo XX. Son los cuatro minutos y treinta y tres segundos que pueden ir de lo más desesperante, pasando por lo controversial ó hasta ser de lo más significativo.



4’33’’ de John Cage (1952) por David Tudor

Posiblemente, si tan solo tuviéramos frecuentemente esos cuatro minutos treinta y tres segundos de Silencio entre nosotros, con nosotros, con nuestros problemas, dudas, felicidades, tendríamos un actuar más objetivo… Objetividad gracias a un elemento que se puede quedar en lo subjetivo…

Reencontré al Vacío en la 28ª Bienal de São Paulo donde su director Ivo Mesquita decidió dejar completamente vacía toda la segunda planta de uno de los modernos edificios de Oscar Niemeyer en el Parque Ibirapuera. 12.000 metros cuadrados sin nada de nada. Algunas palabras de Mesquita buscan dar una explicación, pero es mejor quedarse con el Vacío y con lo que cada quien puede sacar de él:

- “…la planta vacía es la metáfora de un museo imaginario, una representación de la historia más reciente del arte…”
- “…esta nada debe de ser entendida como una petición de reflexión sobre el papel de las bienales en general y de la creación artística en particular…”



Bienal de Artes 2008 Sao Paulo - segundo andar predio Bienal por Rodolfo2008a en YouTube.

No podía faltar la controversia y las reacciones encontradas. Desde una profunda reflexión hasta un gran desagrado. Pero es curioso cómo los extremos hacen estallar manifestaciones de una originalidad ó cursilería increíble. En medio de la exposición un grupo de graffiteros profanaron el lugar y rociaron con sus spray las paredes y columnas blancas del lugar Vacío. Este gesto contestatario único fue disparado por esa acción contundente del curador que buscaba una reflexión. Seguramente si el lugar hubiera estado lleno de obras, la acción y la reflexión no hubiera tenido cabida alguna.



Pichação na 28º Bienal de São Paulo por Liss Morila en YouTube

De ahí que como conceptos y acciones, el Silencio y el Vacío pueden tener resultados y significados profundos. Es mejor callar que hablar sin razón. Es mejor dejar un vacío a llenarlo de simple basura.

Posdatas

- Murilo! me alegra que te haya gustado mi trabajo. Fue algo que surgíó de una idea que hacía mucho tiempo venía esperando. Tengo muchas más ideas que espero concretar pronto en trabajos como el que presenté. Mil y mil gracias por tu comentario.

- A propósito de la Teoría de la Reactividad es algo que apareció gracias a un libro que actualmente estoy leyendo de la Kabbalah (El Poder de la Cabalá, Yehudá Berg. Kabbalah Publishing, 2004). Me lo prestó mi amigo Juan Pablo con el ánimo de colaborar con la onda espiritual en la que ando últimamente. Solté una carcajada con el comentario de la tapa: “No hay abracadabras aquí. Nada que ver con dogmas religiosos; las ideas en este libro son demoledoras y sin embargo, tan simples. Madonna” Y ya ven, me terminó gustando el librito con la recomendación de la reina… Quiero dejarlos con los principios de la Teoría de la Reactividad, que me parecieron algo provechosos:

- Cuando reaccionamos a cualquier situación o evento externo en nuestras vidas, somos meramente un efecto y no una causa; somos reactivos, no proactivos.

- Si vivimos nuestras vidas sin ningún crecimiento personal o cambio de naturaleza, no estamos creando nuevos niveles espirituales de existencia para nosotros mismos.

- Cuando permitimos que fuerzas externas, positivas o negativas, influyan nuestros sentimientos, hemos entregado el control.

- Cuando exhibimos comportamiento egocéntrico o centrado en nosotros mismos no estamos compartiendo, sino, al contrario, recibiendo gratificación para el ego.

No se olvidan de sus muertos

Exposición: No se olvidan de sus muertos
Autor: Gustavo Espinel Martínez
Locación: Cementerio Central de Bogotá
Fecha: 1 de Noviembre de 2008























Posdatas

- Lástima que en estas exposiciones virtuales no se pueda compartir un vinito echando un poco de cháchara intelectualoide, pero bueno, espero que les guste una de mis primeras exposiciones.

- No sobra decirlo, TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

XXV Festival de Cine de Bogotá

No podía dejar de escribir del Festival de Cine de Bogotá y mucho menos del circo de su inauguración. Perdónenme ustedes, queridos lectores, mis tintes un poco entre críticos y revolucionarios, pero es que frente a tales actos, no puedo quedarme callado. Esto fue espectáculo callejero y todo, con papayera en pleno frente del Teatro Bogotá y hasta intervención artística urbana incluida. Cámaras iban y venían, pancartas de mil patrocinadores dañaban todas las fachadas de los edificios modernos cercanos y chillaban completamente con el leve art nouveau del Teatro Faenza.

No faltó la niña bonita (por no decir más) presentadora de la sección farandulera de los amarillistas noticieros colombianos, en la entrada del teatro, con su camarita y todo su set de grabación, seguramente hablando simple basura porque no tenía ni idea de qué evento estaba anunciando. No faltó la burócrata política bogotana que llegó con su veintiúnico vestidito Prada porque pensó que hasta red carpet había. No faltó Bernardo Hoyos y menos mal faltó Diana Rico porque ay si me la encuentro! creo que le hubiera cobrado todos sus estúpidos comentarios en Cine Arte!

Y empieza el circo: los primeros payasos, dos reconocidos presentadores. No sé por qué los organizadores de este tipo de eventos, desperdician la platica en presentadores de espectáculos, de farándula. Sería mucho más grato que dejaran de lado el toque que intentan darle de gran espectáculo y que con algunas palabras de gente que sepa del medio (cineastas, directores y hasta actores) llevaran sin mucha fantochería al quid del asunto: el buen cine. Además sería como bueno que los organizadores pensaran cuál es el target de este tipo de eventos…

Obviamente no faltaron las palabras de Samuel Moreno (sin comentarios, sólo los dejo con la imagen de Gustavo retorciéndose de la risa de las babosadas que decía); y tampoco faltó la burocracia y politiquería fantoche que se hizo más que evidente: Cristina de Moreno, la organizadora estrella del Festival…

Sin alargar mucho el asunto y las críticas, es de reconocer que Alemania como huésped de honor puede llegar a ser una gran oportunidad de emprendimiento, aprendizaje e intercambio cultural muy importante para los cineastas colombianos que finalmente parece que están despegando. Un poco ladrilludo el documental inaugural de Botero Born in Medellín de Peter Schamoni. Me enteré de muy buenos apuntes con los que se puede dejar boquiabiertos a varios extranjeros cuando se les esté haciendo la visita guiada a la Donación Botero.

Mirando el bonito folleto del Festival (se nota que sí sirvieron la cantidad de patrocinadores y que Alemania no escatimó en gastos) encontré algunas películas, de las que van a competir, que me parecieron interesantes. Me atrevo a recomendarlas:

The Shaft, dirigida por Zhang Chi (China)
A Via Lactea, dirigida por Lina Chamie (Brasil)
Bienvenido a Farawell-Gutmann, dirigida por Xavi Puebla (España)
Avant Que J’ouble, dirigida por Jacques Nolot (Francia)
Déficit, dirigida y actuada por Gael García Bernal (México)

La programación del festival incluye gran cantidad de documentales, cortos, animaciones, películas clásicas; para mayor información, su web site. Es una gran oportunidad para ver las películas de Werner Herzog Aguirre der Zorn Gottes, Fitzcarraldo y Cobra Verde. Creo que en Cobra Verde actúa el loco Klaus Kinski en locaciones en Colombia (a propósito, en el artículo La Ira de Dios en el No. 86 del Malpensante, Sandro Romero Rey narra el apoteósico suceso Herzog – Kinski en Colombia, divertidísimo!).